Ben y Rose son niños de dos épocas distintas, que desean en secreto que sus vidas sean diferentes. Ben sueña con el padre que nunca conoció, mientras Rose lo hace con una misteriosa actriz cuya vida narra en un libro de recuerdos. Cuando Ben descubre una pista en casa y Rose lee un tentador titular en el periódico, ambos comienzan una búsqueda que se desarrollará con una fascinante simetría.

Para fans de Todd Haynes y de Nueva York.

Lo mejor: Nueva York, sinfonía de una ciudad.
Lo peor: Un cierto déjà vu en el arranque de las historias. 

Reencuentro de Todd Haynes con Julianne Moore, intersección del mundo del director de 'Safe' (1995) y el universo Brian Selznick. La apuesta era elevadísima, pero la película produjo cierto bajón a su paso por Cannes. Sobre todo al principio, cuando las dos historias que protagonizan un niño (casi un Haynes en miniatura) y una niña sordomudos de distintas épocas, unos funkies 70’s y unos 20 en blanco y negro, siempre con Nueva York de fondo, pasan por un derroche de manierismo sin exceso de alma. Pero, en su tercio final, todo cuaja, no tanto porque una historia tenga que ver con la otra, cosa previsible, sino por una maqueta de la Gran Manzana que podría ser la metáfora de todo, del museo del título, de los dioramas y de una visión artesanal y, por qué no, amorosa del cine en la que hoy en día sólo juegan unos pocos, como Wes Anderson o como Haynes, que empezó haciendo films con Barbies para contar 'Superstar: The Karen Carpenter Story' (1988). Quizás no esté tan cerca del Cielo como 'Carol' (2015), pero, aun siendo un Haynes menor, es una gran película.




Basada en la historia real de Molly Bloom, una esquiadora de talla mundial, que llega a ser millonaria. Al no poder entrar en el equipo olímpico, decide irse a vivir a Los Ángeles. Allí gracias a sus dotes empresariales organiza apuestas clandestinas de póker. Finalmente es investigada y detenida por el FBI.

La polémica del mes

Lo mejor: Los primeros 15 minutos y la entereza de Molly Bloom.
Lo peor: Un minutado algo menor no hubiera venido mal.  

A FAVOR


En un Hollywood que usa la adultolescencia en premisas y tonos como pragmático cebo antidéficit de atención para cierta masa con acné cerebral, la mutación de Aaron Sorkin de showrunner a cineasta es un notición. Maestro en el manejo de materias complejas, su primera incursión como autor total, además de devolvernos su martilleante modo de concebir el diálogo, evidencia una propensión al staccato visual que remite al voltaje rítmico de 'El Lobo de Wall Street' (Martin Scorsese, 2013). Contundente guiso biográfico-jurídico con tropezones de thriller y póquer, donde importa menos qué pasa en los tribunales o sobre el tapete que el vértigo de sentirse en una montaña rusa freudiana, lo que finalmente brota en 'Molly’s Game' es una emocionante fábula sobre la búsqueda de la identidad en el laberinto capitalista que, ante todo, cumple con la cláusula principal del cine comercial americano: entretener.

EN CONTRA

Como era de esperar, la primera obra de Aaron Sorkin es una película muy calculada: una ambiciosa introducción (como en su guion para la sobresaliente 'La Red Social', de David Fincher), un ritmo trepidante y una protagonista imbatible. ¿Qué falla, entonces, en 'Molly’s Game'? El estilo sorkiniano se vuelve contra su propio creador; una ópera prima inteligentísima que se pierde en su propio discurso. Una narrativa demasiado convulsa de abogados jugando a abogados, donde los personajes y el guion acaban en un relato irregular desbordado por el ego y el exceso de ingenio verbal. El Sorkin director quiere sorprender y fascinar continuamente, condicionado por su propia mecánica de guionista prodigio. En definitiva, da la impresión de que parte de una idea fabulosa, pero el resultado es un film obsesionado con un momento de gloria que nunca llega, y que ni Jessica Chastain ni el fabuloso reparto de actores consiguen salvar.




Una vez concluidos sus estudios universitarios, las Bellas regresan para enfrentarse al mundo real y comprobar que hace falta algo más que una buena voz para triunfar. Tras ganar el Campeonato del Mundo, las Bellas se separan para seguir con sus vidas hasta que se dan cuenta de que la música a capella no tiene muchas salidas laborales. Pero cuando surge la oportunidad de organizar una gira por el extranjero, el destino reunirá por última vez a estas peculiares y únicas estrellas para componer y plantearse una serie de decisiones que no podrán tomar a la ligera.

Para solistas del humor en grupo.

Lo mejor: Rebel Wilson y su incorrección política.
Lo peor: El paso por la bade naval de Rota.

Una de las mayores virtudes, seguramente con mucho que ver con ese estado de ánimo al cual llamamos Placer culpable, de las dos primeras entregas de 'Dando la nota' era viajar de manera tan inteligente como cómplice y divertida por la historia de la comedia gamberra made in USA nacida a finales de los 70. No le hizo falta a ese doble concierto non stop competitivo a capela lo de feminizar las burradas masculinas de hitos del humor como 'La revancha de los novatos' o 'Zoolander', porque no había en sus bromas y en su pandilla de chicas (hoy ya con la adolescencia muuuy lejana) ningún subrayado redundante, sino una normalización de género en los gags escatológicos y peterpanistas donde el ser mujer no era una diferencia o una mimesis de roles masculinos.

De la película de nerds, de perdedoras que saben unir esfuerzos y acabar con el pijerío mainstream, que fue la seminal 'Dando la nota', se pasó a un suma y sigue de duelos canoros que retrotraían a los duelos disco de la filmografía de Will Ferrell y Owen Wilson, amén de un intermedio tronchante en un campamento decididamente albóndiga. ¿Y qué aporta esta, se adivina última, tercera parte? Pues una curiosa mezcolanza entre el metalingüismo de la propia franquicia (voces versus instrumentos, o lo que es lo mismo: la comedia libre y deslenguada contra la políticamente correcta), los ítems que suelen preocupar a Adam Sandler (la inmadurez como objetivo, el choque con la edad adulta y la música, las canciones, como el elemento que nos une en la amistad y nos ata a una nostalgia reinterpretada) y una insólita incursión en el género de acción, de espionaje.

Como reflexión sobre el paso del tiempo, algo que no sucede en un tema musical interpretado en grupo, 'Dando la nota 3' pasa un tanto de puntillas aunque su amarga y tragicómica (a veces cruel: el personaje de Anna Kendrick) visión de las responsabilidades adultas (un John Lightgow divertidamente castrante y tronado) esté en la trama. La parte musical sigue siendo un festín guilty pleasure a la altura de un especial del televisivo 'Cachitos de hierro y cromo' de TVE, más conscientemente petardo que la despistada ordalía gayer de 'El Gran Showman'. Y el meterse a hacer una Misión: Imposible zoolanderiana en el tercio final no es nunca un pegote o algo para engordar (con permiso de Amy la gorda) el guión, sino una consecuente idea argumental que reinterpreta la partitura de la esencial 'Help!' de Richard Lester con The Beatles, que ya eran canciones, non sense y trama conspiranoica. Lester podría haber tranquilamente firmado esta tercera nota cómica de la franquicia.




La acción gira alrededor de un ladrón de bancos y sus esfuerzos para huir de la justicia.

Para viajeros al final de la pesadilla urbana.

Lo mejor: La película es como una fiesta, como un climax sintético en perpetuo auge.
Lo peor: Que no se la reconozca como la obra maestra que es. 

El escritor Eddie Bunker, máxima autoridad en materia de atracos a mano armada e icono absoluto del hampa estadounidense, hubiese aplaudido a manos llenas el encuentro de Pattinson con los hermanos Safdie que, dicho sea de paso, debería haberse llevado la Palma de Oro de Cannes. No en vano, este eléctrico, demencial, fosforescente (y regado con ácido) viaje al fnal de la noche de Queens, que arranca con un atraco calamitoso y sigue con una desesperada huída hacia adelante en la que pasa absolutamente de todo, parece una prolongación de las correrías de Max Dembo en los 70 ('Libertad condicional', Ulu Grosbard, 1978). Máximo realismo hasta en la desgradable violencia; retrato humanista de la nueva marginalidad de la era Trump; conmovedora historia de amor fraterno, y pulso aceleradísimo de la ciudad nerviosa, con vertiginosa BSO sintética.

La muy celebrada 'Go Get Some Rosemary' (2009), con su ritmo galopante y sus Safdie en miniatura, ya dejaba presagiar una cumbre como esta, que incluso la supera. Que Pattinson, enorme, se cruzara con los Safdie ha sido providencial (aunque Benny Safdie también está genial en la piel del hermano retardado). Menuda masterpieza: Instant Classic.





La película es la cuarta entrega de la serie Insidious , donde la psíquica Elise Rainier (Lin Shaye)  se pone en contacto con los muertos y  lucha contra los espíritus malignos.

Para quienes todavía agradecen dejarse asustar.

Lo mejor: Lin Shaye frente a su terrorífico pasado.
Lo peor: El dueto cómico de sus ayudantes no acaba de encontrar espacio coherente.

"Esta vez es personal".  Esta contundente frase publicitaria en la cabecera de los pósters de la mayoría de las secuelas que más nos hicieron amar el cine, tanto valía para la nueva nómina de malosos ejecutados por un cachas héroe, o para el enfrentamiento de una aguerrida piloto espacial con alienígenas, o incluso para despertar a un nuevo miembro de una familia de escualos hambrientos de carne humana. "Esta vez es personal". O sea, esta vez, además de volvernos a explicar la misma historia con los mismos personajes, vamos a haceros miembros del clan, vamos a compartir con vosotros, los fieles fans de las continuaciones de cualquier tipo de saga o franquicia, los miedos y secretos más íntimos de los protagonistas y sus enemigos. "Esta vez es personal" no aparece en el cartel de esta ¿última? entrega de 'Insidious', una propuesta terrorífica que nos sorprendió más que gratamente en su primer episodio al ser un honesto, funcional (¡y cómo funcionaba!) túnel de feria con sustos. Las subsiguientes películas han ido jugando con esta mitología para llevarnos al otro lado (como era el subtítulo, 'El otro lado', de la continuación de la totémica 'Poltergeist') o al inicio del encantamiento, maldición o el porqué ese demonio rojo gayer estaba tan interesado en desencadenar presencias en casas con más ruidos que un porno setentero de John Holmes. No, "esta vez es personal", no está en el afiche de 'Insidious: la última llave', pero es su lema y su razón de ser. El personaje de Lin Shaye, esa médium con zapatillas de felpa, la señorita Marple de la parapsicología, es el eje del film porque en su pasado, en sus terrores reales (que como todos sabemos son los que de verdad asustan, duelen, dejan cicatrices y matan), está el origen de este personal duelo entre el Bien y el Mal.

'Insidous: la última llave' (todo un hallazgo iconográfico el del ser con llaves en vez de dedos, guiño a Freddy Krueger y abierto a interpretaciones sexuales psicoanalíticas muy sabrosas) no tendrá el guion más elaborado del mundo o del género y repite momentos espeluznantes con golpe de efecto final que ya hemos visto. Es cierto. Sin embargo, además de toda esa trama familiar (los hermanos de la médium), la casa de la infancia (terrible) y los ecos del horror personal amplificados en los sobrenaturales, la película formalmente está filmada con una elegancia gótica apabullante (lo mismo que la última entrega de la consanguínea franquicia de la muñeca Annabelle), llena de aciertos visuales y de atmósfera que todo amante del género aplaudirá. Normal, somos de la familia: "esta vez es personal".




Presentar un Call TV no debería ser una tarea muy complicada: aguantas a los salidos, les ríes las gracias a unas cuantas señoras aburridas y hablas sola delante de una cámara durante mucho tiempo. O eso piensa Lucía, una actriz de carácter (interpretada por María Hervás) que huye de un pasado tan trágico como disparatado, cuando acepta la oportunidad que le ofrece una cadena local muy cutre para ponerse al frente de uno de estos espacios nocturnos.

Para sibaritas del post giallo.

Lo mejor: Su radical, consecuente y cine-de-barrio puesta en escena.
Lo peor: Que no haya un público que acepte el regalo y el juego propuestos. 

Si hay algo que deberíamos agradecer a ese francotirador llamado Norberto Ramos del Val es su incombustible y cinéfaga obsesión por parasitar, transformar y regurgitar finalmente en modo facsímil inteligente a ese género tan asombroso como difícil y ya periclitado en términos de producción como es el giallo. Carente de una corte de admiradores como sería el caso de Olivier Assayas o Nicolas Winding Refn, Ramos del Val juega también en esa liga de la depuración y la abstracción artística y de fan de los autores de 'Demonlover' o 'The Neon Demon', asimismo pesadillas metalingüísticas bañadas por el erotismo, el sexo y unas luces de neón que sajan la carne humana con el mismo estilo que el afilado cuchillo manejado por una enguantada mano en las delicias de Dario Argento o sus benditos imitadores. Pero hay algo que hace más simpático y reivindicable al cineasta que firma esta arrolladora, carnal, promiscua y comercialmente grindhouse 'Call TV': su falta de pretensiones, su renegar de citas arties ocultasa un a riesgo de ganarse la indiferencia del hipsterismo imperante. 'Call TV' es cine de género, puro y duro. Puro porque establece el nocturno acoso casi sobrenatural de su víctima a cargo de un depredador implacable. Y duro porque lo hace desde una iconografía y un lenguaje del cine de guerrilla (obligatoriamente: ¿que qué es de verdad cine indie? Hacer una película con cuatro cuartos, y que luzca tan bien, como esta), moderno (sí, moderno), con un trasfondo cruel sobre esta sociedad nuestra expuesta a la banalización de la imagen, de la cultura y la comunicación ('Videodrome' no andaría demasiado lejos) y al rol de la mujer como una pieza de caza, como un trozo de carne que (por supuesto) acabará rebelándose y subvirtiendo el cliché de megarareina del grito. Gritos en la noche, todos los colores de la oscuridad, juegos con los lenguajes visuales, secuencias de esas que Brian De Palma fusilaba tan bien a Sergio Martino… 'Call TV', en su aspecto de baratija enfurecida, esconde toneladas de cariño hacia el género. Es todo aquello que sabíamos que estaba en las carátulas de VHS o Betamax de antaño ignotas (hoy piezas de culto remasterizadas) producciones bis bañadas en rojo sangre. 'Call TV' es el regalo peleón, lúbrico, sangriento y con un esquinado sentido de la ironía que todos los insomnes (que ven esos espacios catódicos absurdos de madrugada) amantes del giallo agradecemos.




Carmen recibe la noticia de que su hija María ha muerto en un accidente. Pasados unos días, acude a la casa de ésta para arreglar sus papeles, y allí descubre, por medio de una carta, que a María le acaban de conceder una niña vietnamita en adopción, de nombre Thi Mai. Carmen decide viajar a Vietnam junto a dos de sus mejores amigas donde emprenderán la aventura de sus vidas en busca de la pequeña.

Para quien busque humor y buen drama de superación.

Lo mejor: Sus tres maravillosas actrices.
Lo peor: El personaje de Dani Rovira está metido con calzador.

Es una lástima que algunas películas quieran insertarse a toda costa dentro del género de la comedia loca y disparatada cuando, en realidad, lo que llevan en su interior es un excelente drama. Algo de eso le ocurre a 'Thi Mai, rumbo a Vietnam', que no termina de funcionar cuando fuerza el gag y el humor trotón, y, sin embargo, resplandece cuando se dedica a mirar en el fondo de sus personajes: tres mujeres, cada una con sus traumas y debilidades a cuestas, que necesitan independizarse de las ataduras masculinas y de sus particulares miedos, para descubrir que son dueñas de su propio destino. Se nota el mimo con que Patricia Ferreira se acerca a sus heroínas, y también cómo el fantástico trío de actrices le responde a golpe de fuerza, diversión y ternura para configurar un viaje de aventuras concebido a modo de escape del dolor y la frustración que termina convirtiéndose en una oda a la libertad.



Most Beautiful Island es un thriller psicológico que examina los apuros de las mujeres inmigrantes sin papeles que tratan de ganarse la vida en Nueva York. Rodada en Super 16, con una sensibilidad intimista y vouyerista, Most Beautiful Island narra un angustioso día en la vida de Luciana, una inmigrante española que hace malabares con diferentes trabajos para llegar a fin de mes y que acaba cayendo en el centro de un peligroso juego.


Para quienes no creen en los paraísos.

Lo mejor: El suave paso del drama social al terror.
Lo peor: Con más medios hubiese ido más lejos.

Películas como 'La línea del cielo' (Fernando Colomo, 1984) o 'La vida inesperada' (Jorge Torregrossa, 2013) nos habían hablado, desde un tono de comedia, sobre las dificultades de triunfar en Nueva York, ya sea en Manhattan o en el Bronx, donde fuera... En un momento de 'Most Beautiful Island', una de las amigas y compañeras de fatigas de la actriz, guionista y directora de la película le dice: "Todo es posible en Nueva York". Lo que la protagonista no sospecha es que esta afirmación irá mucho más allá de lo que jamás hubiera sospechado. Y es que, al contrario de Colomo y Torregrossa, Ana Asensio pinta la Ciudad de los Rascacielos como un costroso film de terror.

Retablo social que, en cuestión de horas, deriva en pesadilla (la escena de las cucarachas, al lado de lo que ocurre luego es una monada), esta ópera prima la aplaudimos los que creemos que no son necesarios vampiros o psycho-killers para chillar. En realidad, el grito siempre estuvo ahí... ¡a la espera!



Primer largometraje compuesto por pinturas animadas. Cada fotograma es un cuadro pintado a mano sobre óleo al que se le ha dado movimiento. El resultado es una impresionante cinta de animación que repasa la carrera de Vicent Van Gogh con delicadeza y originalidad, y que llevó cinco años de trabajo.

Para fans de Van Gogh y de curiosidades animadas.

Lo mejor: El titánico esfuerzo de rodarla.
Lo peor: Deslumbrante estética aparte, su trama da más para un gran corto.

Más allá de las publicitadas proezas que su realización insumió (los 125 pintores que trabajaron en ella; el hecho de que se haya hecho con actores para, luego, volcar su trabajo en cuadros pintados al óleo) y de los numerosos galardones que lleva recaudados, lo cierto es que 'Loving Vincent', ante todo, un rendido homenaje al mundo creativo del loco de pelo rojo, parte de una hipótesis lejana a la animación al uso, aunque propia de cualquier film criminal: se trata de que un personaje, Armand Roulin, el hijo del cartero amigo de Vincent, entregue una carta en mano a Theo van Gogh, el hermano del pintor. Y ante el fallecimiento de ambos, Roulin Jr. se verá impelido a realizar una investigación para intentar establecer una hipótesis sobre el por qué de la muerte del pintor. ¿Se suicidó de verdad? ¿Alguien quería su muerte? Con estas armas, la pintora Dorota Kobiela y el cineasta Hugh Welchman realizan un primoroso trabajo de animación, insólito en la historia del cine. Siempre impactante desde el punto de vista plástico, quedará en los anales por sus curiosidades técnicas antes que por sus hallazgos cinematográficos.




Película ambientada en 1940 durante la Segunda Guerra Mundial cuando Churchill se convierte en primer ministro británico y tiene que optar por luchar contra Hitler o aceptar un acuerdo de paz.

Para anglófilos que buscan épica y consuelo.

Lo mejor: Gary Oldman, arrollador y omnipresente.
Lo peor: No se salva de las lacras de todo One Man Show.

Es revelador que, en pleno Brexit, lleguen dos cintas británicas que reconstruyen la leyenda del crucial momento en el que Gran Bretaña no dio la espalda a Europa: 'Dunkerque' (2017) y 'El instante más oscuro', dos films que se complementan. En el primero, Christopher Nolan apuesta por la épica anónima y torna en victoria una derrota. En el segundo, Joe Wright magnifica más si cabe la figura de Winston Churchill y transforma sus palabras, sus discursos, sus arranques de rabia en fuego, en una guerra verbal por sí mismas. Apoyado en un guion (escrito por Anthony McCarten adaptando su propio ensayo publicado por Editorial Crítica) que busca descubrirnos la trastienda del mito, Wright doméstica su querencia por la emoción desbocada sin renunciar a su manierismo, reafirmando su mirada renovadora e insuflando un artificio casi teatral al film. Pero eso empalidece ante Gary Oldman, descomunal, capaz de flirtear con la caricatura chanante y brindar un personaje que, como sus ojos, brilla por encima de todo.






 
 Es la historia de una mujer, que tras enterarse que el asesino de su hija está suelto, decide emplear la justicia por su cuenta.

Para quienes añoren las tragedias bien escritas.

Lo mejor: Los actores, con McDormand en el centro.
Lo peor: Que todos los personajes sean tan ingeniosos.

'Tres anuncios en las afueras' es, para lo bueno y para lo malo, la película de un guionista. La historia de Mildred (Frances McDormand), una mujer dispuesta a descubrir quién violó y asesinó a su hija adolescente ante la ineptitud de las autoridades locales, está escrita con una precisión y una sagacidad fuera de lo común. La descripción y el desarrollo de los personajes son extraordinarios; el vaivén entre lo trágico y lo cómico es puro equilibrio; y la violencia está gestionada con maestría.

Martin McDonagh ('Escondidos en Brujas') se apoya en las palabras para convertir su minuciosa (y, a la vez, extrañamente lúdica) inmersión en una comunidad tocada por la tragedia en un retrato sagaz de los males de la América profunda (la violencia, la ignorancia, el racismo) y del ser humano en caída libre. El único problema es que a veces hay cierta confusión entre las reflexiones del director/guionista y las de sus personajes: cuesta creer que algunos de ellos sean tan rápidos y brillantes en sus réplicas. 



  Un monasterio en quiebra encuentra una oportunidad de salvación económica en la “Champion Clerum”, un torneo de fútbol europeo sólo para religiosos. El problema es que dentro de esta congregación nadie sabe jugar al balompié, por lo que necesitan imperiosamente un milagro divino para ganar algún partido y así salvar su hogar.

Para forofos de la comedia con tonsura.

Lo mejor: Su reparto, en especial El Langui, todo un animal cinematográfico.
Lo peor: La trama romántica es algo debilucha.
Acostumbramos a ser injustos y bastante ingratos con las formas más populares de la comedia, como si arrancarnos unas carcajadas o dibujarnos unas sonrisas, aunque sea utilizando el abecé primario y básico del humor, fuera algo sencillo. 'Que baje Dios y lo vea' no esconde jamás (ahí está la trayectoria previa como guionista- de éxito- de su debutante director, Curro Velázquez) su deuda con respecto al gag de brocha gorda, nunca subvalorándolo. La risa es así de democrática: todos los caminos acaban llevándonos al mismo y disfrutable sitio. Pero es que además, la película identifica y abre con infinito cariño esos diversos senderos que desembocan en lo de desternillarse o no abandonar la cara feliz durante todo su metraje. No por casualidad, un argumento que nace de un monasterio tan 'Marcelino pan y vino' poblado por un elenco de personajes de berlanguiano calado, culmina en Vaticano, en Roma, en la Italia de las comedias de Mario Monicelli, Luigi Comencini o el gran Steno.

'Que baje Dios y lo vea' aplica el catálogo de chistes y situaciones de 'Fuga de cerebros' a aquellas monjitas que pretendían salvar su convento con ancianitos allí recogidos merced a una corrida benéfica de toros en 'La becerrada', magnífico título firmado por José María Forqué con guión de Jaime de Armiñán. Karra Elejalde y el resto de secundarios comparten esa categoría, esa estirpe de grandeza de nuestros mejores cómicos, y encima saben encajar con entereza y clase los golpes de humor escatológicos o deliciosamente absurdos. Y al llegar a tierras italianas parece guiñarle el ojo no solamente a la comedia más de barrio transalpina (lo del papamóvil lo habría firmado sin problemas Neri Parenti) sino al Terence Hill de 'Don Camilo', donde ya se mezclaba clero con fútbol de manera despiporrante.

La ópera prima de Curro Velázquez manifiesta una generosidad conmovedora hacia el cinéfilo menos avinagrado: participa de la premisa casi arquetípica de los David contra los Goliath (aplicando el tikitaka; ahí es nada), del modelo del cine deportivo (también con el humilde enfrentándose al poderoso), la romcom y el subgénero religioso amable, el de 'Siguiendo mi camino' o 'Se armó el belén' (ese duelo entre el fraile mayor y conservador y el joven y rebelde). Rodada incluso con elegancia en algunas secuencias (la que cierra el film), 'Que baje Dios y lo vea' se sitúa por encima de otras muchas comedias (sobre todo nacionales) que se avergüenzan de hacer reír y lo camuflan con pretensiones e ínfulas. Demostrarle indiferencia sería todo un pecado mortal.


 
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